sin refugio

Llega la hora. Están todos ahí esperándome con sus flechas envenenadas y no me dan tiempo a buscar en el rincón en el que lo guardé mi viejo escudo herrumbroso, testigo de antiguas batallas casi olvidadas. Antes de empuñarlo me ofrecí desnuda y sin defensa alguna al último martirio. He podido sin embargo arrancar de mi carne las puntas de hierro y besar con mi saliva el veneno impidiendo que circule por mis venas. Soy invencible o eso me creo. Sólo consiguieron que hincara una rodilla en el suelo medio desfallecida, por el golpe traicionero, por la sinrazón de la maldad. Maldad que atraigo y no sé porqué.

Llega la hora. Callaré sabiamente mis intenciones. Creerán que me han vencido, que han acallado mi voluntad y orgullo, que han acabado con mi insolente rebeldía pero no saben que ya están muertos porque han bebido y siguen bebiendo de las fétidas aguas del egoísmo y la avaricia. No saben que yo aspiro a respirar aires más limpios, es la ilusión del mártir y lo que, finalmente, le impulsa a padecer martirio. Conoce la verdad.

La conocen muchos pero pocos la practican. Dios en el cielo los mira con ternura, diciéndose a sí mismo lo mucho que tardan en madurar, en hacerse hombres y como buen padre que es, aplica sabios e inesperados castigos. Las lecciones tardan mucho en aprenderse, puede que Dios finalmente pierda la paciencia y envíe algún apocalíptico ángel vengador.

Entonces buscarás un refugio, alguna cueva perdida en la montaña, donde no te alcancen los rayos ni la peste. No creas ni por asomo que te vaya a servir de mucho. Tal vez debas, una vez más, empuñar tu escudo e ir a la batalla, para defender la última parcela de cordura que te queda.
Llegó la hora de defenderla con todas las fuerzas del mundo. Dios y el ángel vengador, tal vez se den la vuelta y crean, satisfechos, que ya te hiciste hombre, que vas a intentar luchar en igualdad de condiciones, que ya renunciaste a ser mártir. Ya sabes que en el último refugio mataron a Bogart y no puedes permitir que eso se repita.

Julia Cabré “Tuliette”

 


El último reto

De repente, se me aparecen los que me rodean como sombras grotescas, moralmente miserables, enfermos de egoísmo y avaricia, de miedos infantiles, de cobardías generadas en algún lugar, donde yo, evidentemente, no me quiero aventurar, ni a comprender ni a solucionar. Nada, impasible observo, dejo atrás las rabias, no es mi problema pero sí lo es cómo me afectan esas enfermedades del alma, ruindades, mezquindades y sutiles rencores que huelo no tanto a distancia.

Apuesta por la supervivencia, miedo a la miseria y a la muerte. Mi compasión entiende pero se rebela como la carne reventada por los golpes de fusta. No sirve de nada tener el alma sensible, la inteligencia despierta,  el ánimo conciliador. Hay cosas que te enferman y sólo piensas en huir. Yo también soy cobarde.

Tal vez sea un reto, el último reto de mi vida. Bastante he huido, bastante me acobardé. El resultado ha sido calamitoso, nada obtuve, nada he conseguido. El cielo me ha castigado y sigue haciéndolo.

El señor Plutón hace meses que me lo está advirtiendo, tómatelo con calma, me dice. Evalúa, analiza, arranca las soluciones drásticas, aquellas a las que estás acostumbrada, e intenta algo más sensato, maduro, equilibrado. Se me nubla el cerebro de tan sólo pensarlo.

Me atacan en diversos frentes, le respondo, no tengo tanta fuerza. Calla, no dice nada, puede que se sonría. Me gustaría tener la flema británica pero bebo mucho café e intoxico mi cuerpo con el tabaco de todos los días.

Depende de mí, de mí tan sólo. Y busco en mí esas sutiles fuerzas de mi espíritu superior cuando veo llegar la sombra del desaliento. No llevo cruces en mi cuello, ni medallas de la Virgen. Tal vez debería comprarme una. Pero pienso y rezo y pido a Dios una varita mágica para hacer reinar la concordia y la buena voluntad.  Cuando algo se arregla o parece arreglarse surge otro problema, más cabrón si cabe. ¿He dicho una varita mágica? Necesito cien.

El señor Plutón sabe que yo conozco la solución, y Dios también lo sabe. La paciencia que es la madre de la ciencia pero yo, repito, fumo a todas horas y bebo mucho café. ..

Julia Cabré “Tuliette”

 


la nobleza de tu sol

¿Sabes? Hacemos cosas en la vida, una buenas otras malas, malas o buenas todo es relativo pero todas las cosas que hacemos en la vida, en el fondo, obedecen a una sola cosa. Vayamos por libre, de manera autónoma, feliz y satisfecho o atado en alguna parte a nuestros más insidiosos fantasmas, por alguna o muchas carencias, al final, ¿sabes?, es lo mismo para todos.

Me dirás entonces que qué más da, si vas por ahí o por allá. Bueno, no hay reglas, ves y estréllate si quieres o siéntate a pensar qué coño ocurre contigo. No sabrás nada en un primer momento o no querrás saberlo.

Te hablaría de mi sufrimiento y otros podrán hablarte del suyo. Tal vez confieses tus temores, te veas desnudo frente al mundo, grites o llores y serás igual que todos aunque no como aquellos que se disfrazan o se burlan de sí mismos. Estos no saben morir, por lo tanto tampoco saben vivir.

Pero tú, Edward my son, eres valiente aunque te canses de las guerras, eres fuerte y aguantas aunque te gusta demasiado airearlo, aún te place soñar con aventuras locas como un muchacho…

La nobleza de tu sol aún no reluce. Eres pasto de tus pasiones, a veces del rencor. Siéntate a pensar adonde te llevan. Tal vez sientas que debes morir.

Me dicen que debo dejarte, que te las apañas bien. Tú me dices que no debo dejarte, que me necesitas. Te dejé una vez creyendo que te las apañabas bien. Ya no sé lo que debo hacer.

Tu padre murió, yo aún vivo. Pero no quiero ser tu fantasma, espero no haberlo sido nunca, eres valiente, mata los fantasmas que te incordian. A mí aún me quedan unos cuantos, son duros de pelar. Mátalos y entiérralos, tal vez entonces veas relucir el sol, la nobleza de tu sol.

 

Julia Cabré “Tuliette”

 

 

 


el hogar

Hace tiempo que no cojo una aguja. Recuerdo los tiempos en los que con un paño, unos hilos y un ferviente deseo de perfección confeccionaba cojines, mantelillos, cuadros, cortinas a punto de cruz (más no sé) y me partía los dedos acolchando colchas de patchwork. Me dio por ahí para reponerme del estrés y poder dejar vagar mi mente en asuntillos que siempre requerían una cierta profundización y una gran introspección. Nunca saqué nada en claro y las películas las veía a medias.

Supongo que hay momentos para todo pero siempre he sabido que necesito hacer algo con las manos para canalizar la energía y teniendo las manos ocupadas mi mente se encuentra libre para explorar los rincones del alma. En cambio si me siento simplemente a meditar empiezo a divagar, tan aburrida me parece la cosa y no soy capaz de concentrarme.

No hay nada apasionante en un bordado pero sí lo hay en el tiempo que una ocupa en mantener firme y suelta a la vez la hebra para que el punto salga casi perfecto, ese tiempo en el que se oye hasta la propia respiración, el aleteo de la nariz o la voz de la conciencia.

Pero se me olvida un detalle. Tengo que estar ubicada. Considerar que lo que tengo alrededor es un hogar, mi hogar. Y eso, desgraciadamente, no ocurre desde hace tiempo.

Estoy, he estado de paso en muchos hogares ajenos. He acondicionado habitaciones, rincones imposibles buscando una cierta armonía y estética, un cierto calor pero son, eran, simplemente habitáculos.

Y soy incapaz de relajarme, de buscar la paz, de creer que nada ni nadie me moverá de donde esté sentada, de sentir el hogar dentro del hogar en esas condiciones.

Algo se rompió hace tiempo, desde los tiempos en los que tras una larga jornada de trabajo, los platos de la cena fregados y la cocina recogida, los niños durmiendo, la gatita a mis pies, el incienso encendido,  el cigarro humeando,  la tele flojita, las persianas bajadas,  la mirada complacida, cogía la labor para adelantarla un poco y pensar en mis cosas.

Ya no hay gatita, ni niños, ni cocina propia. Ni hogar ni mirada complacida y mi propia respiración a veces me da miedo.

Llevo sentada en la punta de un volcán demasiado tiempo, unos años tontos que han pasado y apenas  los he vivido. Hay algo que he hecho mal, algo que se rompió, algo que estuvo mal, una decepción, un tiempo sin ilusiones, tal como yo entiendo las ilusiones. Divago, lo sé, y no me he sentado a meditar.

Julia Cabré “tuliette”


Corazón y mente

 

Son sicológicos, son ligeros problemas. Poca cosa en verdad pero “ennuyeux” como dicen los franceses, de esos que te trastornan el sueño y te hacen pensar que las vidas ajenas son más plenas o están mejor encarriladas que la tuya. Aspiro a la plenitud y alguna idea tengo de cómo llegar a ella pero a menudo me parezco a un tren que lejos de emprender una carrera limpia y sin obstáculos tropieza continuamente con baches y traveseras mal dispuestas. Héme entonces convertida en ingeniero con la experiencia que da los años agudizando el ingenio para solventar las barreras, que no son infranqueables y eso yo lo sé.

Construyo puentes o subterráneos, desvío trayectorias, miles de cosas que me agotan sin caer en la cuenta que sentarme un rato a reflexionar me podría dar la solución.

La acción antes que nada y ha de ser al revés. La acción cuando el plan está trazado de antemano. Pero tengo la mala costumbre de no perfilar los contornos, de no subrayar los obstáculos, tal vez porque sepa que si me detengo demasiado en los inconvenientes mi natural pesimismo me haga desistir de la tarea o tal vez porque confío ciegamente que la fuerza del entusiasmo me permita realizarla sin tantas tonterías previas.

Soy así, entusiasta por naturaleza, espontánea diría yo, pase lo que pase. Las pasiones que anidan en mí son fuertes y dadoras de vida. O eso he estado explicando toda mi vida, que no puedo funcionar bajo parámetros que nada tienen que ver conmigo. Tengo, creo, esa clase de inteligencia intuitiva que no puedes explicar con palabras y que al final sorprende a todos, a mí la primera.

Pero el Eros está dormido, o está a punto de despertar de un largo letargo.

Ya sabemos que el Eros, esa conquista de la vida, tiene esas cosas, a veces porque dejamos que lo mate los demás con sus estupideces o porque simplemente te estás adaptando a la menopausia y estás medio lela, o sales de una operación de trompa uterina.

Si ahogas esos tímidos intentos que tiene de despertar de nuevo, ya sabes lo que te espera. Afortunadamente esa escabrosa idea no se me ocurre.

El Eros, que yo entiendo como la llama que hace accionar cualquier mecanismo para iniciar la acción, sólo necesita su propio alimento. Un alimento que no figura en dietas pobres en sal ni grasas. Necesita la emoción, al menos en mi caso, es un Eros emocional.

Pero emocionalmente hay cosas que no están en su sitio. Son ligeros problemas, nada grave, algo que debo ajustar, con o sin ayuda. Y en esta reflexión, ya no oigo mi mente, lo hacen otros por mí, sólo intento comprender mi corazón.

 

Julia Cabré “Tuliette”


si te portaras bien

Agotada. Estoy agotada. No me queda en las  venas ni pizca de sangre y eso sin estar anémica, que yo como, como bien, a veces compulsivamente, neuróticamente, estúpidamente.

Pero vivo con vampiros. De noche ya no, que me he largao a habitar un cuartito a dos manzanas, cerquita del nido pero lejos, lejos cuando llego de noche, casi de madrugada y reventada perdida. Engullo entonces mis galletas de avena y enchufo mi ordena encima de una mesilla con ruedas que acerco a la cabecera de la cama y veo – o no veo – mis pelis favoritas. El mundo entonces me parece hasta hermoso y mi vida, plena y satisfactoria. Las venas se vuelven a llenar de sangre, milagrosamente.

El martirio durará tiempo, me temo. Alimento  bien a mis enemigos y cada día tienen mejor cara, contrariamente a mí. Mis ojeras ya llegan casi hasta la comisura de los labios y mi tez, a falta de aire y sol, tiene un tono grisáceo difícil de definir.

Mi madre me sigue machacando, “si te portaras bien”, y yo me la veo como una madrastra malvada y endemoniada, ahí recostada en la cama, exigente, mandona, criticona, dirigiendo mi vida y la de los demás, agotando a todo quisqui. Espero, en mi desespero, que mamá no cumpla cien años.

Me porto bien, ¡qué duda cabe! Yo cumplo con mi deber y duermo tranquila, sin sobresaltos, con la conciencia tranquila. Las pastillas se las dejo a aquellos a quienes incordian en sueños el arrepentimiento, la desidia, las profundas insatisfacciones y las envidias pérfidas, la mala conciencia en una palabra. Saben aunque no lo reconozcan que no se han portado bien.

Julia Cabré “Tuliette”


el resto de mi vida

El resto de mi vida me pertenece. Me lo repito incesantemente para no tener que olvidarlo  a la menor de cambio. Algo tan sencillo de entender y sin embargo y pese a las recomendaciones de mi sicóloga, ese algo queda arrinconado en mi cerebro como por arte de magia.

Mi madre es dependiente y ha decidido depender de mí exclusivamente usando y abusando de mi sentido ético. A las primeras señales que he podido dar de mi próxima partida su neurasténico estado de dependencia se ha agravado como si tal cosa. Las broncas en casa se han multiplicado, doy voces a todas horas insultando hasta las paredes, las que oyen y las que parecen no oír. Mi llamada de socorro queda en una especie de alarido lejano que sólo recoge el eco de mis más desgraciados recuerdos de infancia. El círculo podría haberse cerrado pero para mí como que se ha abierto otra vez iniciando una pauta de comportamiento que me es muy familiar.

He hablado de conspiraciones de silencio, yo que no oigo nada por lo visto aunque me jacte de tener buen oído. He hablado de víctimas propiciatorias, tal vez porque mi insensata generosidad natural parece atraer aquello de lo que huyo. He hablado de estigmas porque vaya adonde vaya y haga lo que haga me persigue el fantasma de la falta de reconocimiento. Evidentemente, ahora que he pasado cerca de doce meses en casa de mis padres, ya sé donde se ha originado todo. Quien me persigue, me estigmatiza, me culpabiliza y conspira contra mí, sola o acompañada, es ella, mi madre.

He querido entenderla, comprender sus ansias de poder que seguramente intentan colmar una falta de cariño, una dignidad propia y cien cosas más. He querido disculparla, comprendiendo sus miserias físicas y morales pero no puedo permitir que me entierre con ella. A veces me parece que quisiera arrancar mi corazón y guardarlo por si el suyo le fallara. A veces sueño que si Dios así lo quisiera y muriera antes que yo, el día del entierro, una mano surgida de su tumba me arrastraría con ella ¡ mira como Carrie! Espeluznantes divagaciones, lo sé, pero que se acercan a la realidad sicológica que en estos momentos me rodea.

El resto de mi vida me pertenece. Me lo repito incesantemente. Me taparé los oídos cuando la oiga llorar. Y si no me los tapo, puede que me dé por una risa nerviosa, propia de locos, locura amada que me acerca a la libertad, locura odiada que me envilece pero el resto de mi vida me pertenece.

Julia Cabré “Tuliette”

 


por la culata

Me parezco a Bette Davis en Baby Jane martirizando a Joan Crawford, impedida en su silla e imaginando las más terribles torturas morales con la rabia que da la locura o la locura que da la rabia. Aún queda para que la verdad, oculta al espectador, reluzca, unos apuntes no más. Al final de la peli el espectador descubre que el verdadero monstruo no es sino la víctima.

Gene Tierney también hizo de lo suyo en Que el cielo la juzgue, incluso morir para culpabilizar a dios y a su madre. Me jodo pero te joderé. El afán de dominio es tal que no importa dejarse la piel en el intento. Mentes enfermas, almas endemoniadas por los celos y la envidia, faltos de dignidad y madurez, que no duermen ni descansan bien, que no saben dormir tranquilos porque incluso maquinan en sueños enrevesados estratagemas para culpabilizarte y salirse con la suya.

Mi madre es así. Sabe que la voy a dejar a su suerte y ha ideado la manera de tenerme bien atada a ella, hasta que la muerte nos separe, diría yo. Le va a salir el tiro por la culata.

Llevo llorando unos meses, hasta la desesperación porque no visionaba salida alguna. Me habían pillado y el caso es que puedo admitir que me pillen, si me dejo, siempre que el sacrificio valga la pena.

Oigo las risas burlonas a mi alrededor de aquellos a quienes, por lo visto, la situación les hace mucha gracia. También a ellos, el tiro les va a salir por la culata.

Endurezco mi corazón, hora tras hora, sopa tras sopa, para tener el valor de tomar la única decisión que me salvará la vida y me alejará de la indignidad. Mis manos han adquirido un olor entre pipís y lejía que me persigue todo el día, ni qué decir que mis ojos ya perdieron el brillo de antaño, ninguna ilusión en el horizonte, sólo la perspectiva de atenuar como sea la caída en picado.

No se puede machacar a la persona de quien dependes. Llevo diez meses aguantando feroces críticas sin ton ni son. La asistenta social, a la tercera visita, creo que ha comprendido algo y me ha “dado” permiso para largarme. No muy lejos, eso sí.

Resuenan aún en mi cabeza las palabras de mi padre a las dos semanas de estar con ellos “tú has venido para servirnos”. No son suyas, lo sé, las ha oído en algún lugar y yo sé quien las ha proferido.  Yo sirvo a quienes amo, y me duele confesarlo pero no estoy con las personas a quienes amo. Sólo por humanidad y apenas queda en el tintero la suficiente para aguantar dos semanas.

A Baby Jane le hicieron un gran chantaje. A mí, por la culata saldrá.

 

Julia Cabré “Tuliette”

 


En esta Tierra nuestra

He pedido a mi médico de cabecera volante para el sicólogo, me ha dado hora para el siquiatra. Bien, mi estado mental es lamentable, lo reconozco, pero no sabía yo que se veía a la legua.  A duras penas consigo por las mañanas tener ganas de maquillarme y salir a la terraza a tomar el sol. Esas reuniones familiares donde han burbujeado las cenas y comidas copiosísimas -delicias preparadas por mí, todo hay que decirlo- y las broncas de mucho cuidado, los reproches callados y los soltados a la cara, me han ocasionado un desgaste físico y mental del que tardaré en reponerme y la terrible duda de si estaré perdiendo la razón totalmente o es sólo la punta del iceberg la que asoma y lo peor aún esté por llegar. Prefiero lo primero. A los locos se les tiene miedo. Se les señala , eso sí, pero a escondidas. Se les teme y por si las moscas se les deja tranquilos. Y eso quiero yo, tranquilidad. Cuando la enfermedad no está aún diagnosticada, todo son conjeturas. Hablan de mal carácter, de maldad, incluso perversidad pero no te tienen el suficiente respeto para dejar de incordiarte.

Es un viejo truco. Cuando tu credibilidad ha caído en picado, porque, entre otras cosas, no correspondes ni ahora ni nunca a expectativas ajenas , sácate de la manga que estás loco o te estás volviendo loco, eso sí certificada la cosa por un médico y verás cómo todo se arregla, al menos momentáneamente.

Bien, ya estoy loca y ahora me toca ser mala. Y hay que aprender si no se sabe. ¡Puñetera vida que no me enseñó lo suficiente! Pero hace años que no pierdo ni el tiempo ni la energía en ensuciar mi alma y mi corazón. Guardo rencor cuando la cosa ha sido grave, más y más tiempo de lo que quisiera pero ese mismo rencor no me empuja, al menos por el momento, a ninguna terrible venganza.

Sí, ya sé, de pequeña deseaba que mi madre nunca llegara a casa después del trabajo y menos mal que llegaba sino el trauma hubiera sido de aúpa. He imaginado a veces que vertía veneno en la sopa o el café pero no sé muy bien cómo procurármelo, tarea insensata y azarosa ésa de pedir un líquido ponzoñoso en cualquier farmacia y no saber dar las explicaciones oportunas.

Mi maldad y perversidad se reducen a eso, a “imaginar” finales trágicos. Un final que sería un principio, una liberación. Pero como tarda mucho, el puñetero, opto por creer que la buena voluntad está ahí, al alcance de la mano, siempre que afloren las ganas de tenerla, siempre que se desee la concordia, la paz, en esta Tierra nuestra que nos abriga, y a veces nos envilece, nos obliga a cambiar, a callar, a dialogar, a amar y a odiar. Tantos elementos que con todos ellos podemos hacer un pastel, un buen roscón de Reyes, y desear cierta paz, que guerras hay un montón, en esta Tierra nuestra.

Julia Cabré “Tuliette”


La huida

Mi padre ha vuelto del hospital hecho un despojo humano. Mi madre ya no llora por los rincones pero se le ha quedado una cara de idiotizada profunda.
Cuezo caldos de pollo y gallina a todas horas y por primera vez en mi vida he usado una vaporera. Algún beneficio sacaremos de tanta desgracia. Sin sales ni grasas igual conseguimos perder esos 10 kilos que me persiguen desde décadas.
Mi hermana, más rubia que nunca, sospecha que puedo asegurar mi posición en casa, una casa que codicia todos lo sabemos, si no fuera porque harta estoy de decir que deseo pirarme cuanto antes.
La asistenta que he conseguido contactar tras largas semanas de esperas y desasosiego me acribilla a preguntas tontas. Mis respuestas son ambiguas, ¡qué se coma el coco!
Si he de quedarme, debidas las circunstancias, aprovecharé todos y cada uno de los servicios públicos a mi alcance, que si me despisto un poco me dejan hasta sin médicos. Chequeos, análisis, limpieza síquica, operación de juanetes, lo quiero todo y ya.
Oigo resonar como un martilleo agudo en mi cabeza las palabras de mi madre: “Si has dormido cinco meses en el sofá, puedes dormir otros cinco”. No la mato de milagro.
No la mato pero la maltrato. Le digo que es una mala madre, egoísta, asquerosa. Le recuerdo que hace veinticinco años me echó con dos niños pequeños de su casa en donde me había refugiado de un marido maltratador. Le digo que eso no me es posible olvidarlo, lo tengo grabado en la sangre como una putrefacta bacteria que circula y circula.
Ahora apenas puede andar, yo ando por ella, lo hago todo pero cuando viene la rubia pone la convenida cara de asco. No exploto de milagro.
No exploto pero las venas se me hinchan. Ya fumo 40 cigarillos al día, síntoma de que nado en un lago de incertidumbres, dudas y conflictos. O ellos o yo.
Ellos, llegados a la vejez, ciertamente me necesitan y aunque la sentencia se dictó hace mucho tiempo es ahora cuando me toca cumplir condena. Desconozco la duración.
Yo, aún joven y fermosa, deseo un rincón para mí, un refugio mío, sólo eso, los logros en la vida los dejamos para otra ocasión.
¡No cometeré parricidio, ni suicidio, no señor! Alguna inteligente y puede que imprevista salida ha de haber. Esperaré a que pasen esas incordiosas fechas navideñas y me encomendaré al diablo. No mataré, ni explotaré. No sirve de mucho cuando lo has hecho cien veces ya. Más vale planear una honrosa y sigilosa huida.

Julia Cabré “Tuliette”


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