Llega la hora. Están todos ahí esperándome con sus flechas envenenadas y no me dan tiempo a buscar en el rincón en el que lo guardé mi viejo escudo herrumbroso, testigo de antiguas batallas casi olvidadas. Antes de empuñarlo me ofrecí desnuda y sin defensa alguna al último martirio. He podido sin embargo arrancar de mi carne las puntas de hierro y besar con mi saliva el veneno impidiendo que circule por mis venas. Soy invencible o eso me creo. Sólo consiguieron que hincara una rodilla en el suelo medio desfallecida, por el golpe traicionero, por la sinrazón de la maldad. Maldad que atraigo y no sé porqué.
Llega la hora. Callaré sabiamente mis intenciones. Creerán que me han vencido, que han acallado mi voluntad y orgullo, que han acabado con mi insolente rebeldía pero no saben que ya están muertos porque han bebido y siguen bebiendo de las fétidas aguas del egoísmo y la avaricia. No saben que yo aspiro a respirar aires más limpios, es la ilusión del mártir y lo que, finalmente, le impulsa a padecer martirio. Conoce la verdad.
La conocen muchos pero pocos la practican. Dios en el cielo los mira con ternura, diciéndose a sí mismo lo mucho que tardan en madurar, en hacerse hombres y como buen padre que es, aplica sabios e inesperados castigos. Las lecciones tardan mucho en aprenderse, puede que Dios finalmente pierda la paciencia y envíe algún apocalíptico ángel vengador.
Entonces buscarás un refugio, alguna cueva perdida en la montaña, donde no te alcancen los rayos ni la peste. No creas ni por asomo que te vaya a servir de mucho. Tal vez debas, una vez más, empuñar tu escudo e ir a la batalla, para defender la última parcela de cordura que te queda.
Llegó la hora de defenderla con todas las fuerzas del mundo. Dios y el ángel vengador, tal vez se den la vuelta y crean, satisfechos, que ya te hiciste hombre, que vas a intentar luchar en igualdad de condiciones, que ya renunciaste a ser mártir. Ya sabes que en el último refugio mataron a Bogart y no puedes permitir que eso se repita.
Julia Cabré “Tuliette”









