A la tercera va la vencida

Derechitos a las terceras elecciones vamos porque “esa gente” no se pone de acuerdo ni falta que hace. Si ha de petar algo, que pete en nombre de los que lo hemos pasado mal y lo estamos pasando peor. ¡Que la izquierda no se asocie a la derecha! y si en Europa hacen grandes coaliciones es porque ellos no tuvieron una guerra civil seguida de cuarenta años de fascismo ni tampoco una transición democrática delicadísima y porque las heridas sociales están todavía por cerrar, por existir y haber aumentado la fractura social. Si la izquierda pacta con la derecha, ¿cuántos caídos por la causa social y obrera no se revolverían en sus tumbas? ¿Pactar con los privilegiados en pos del progreso y del crecimiento? pa qué? pa que sean siempre los mismos quienes lo disfruten? ¿Para que sigan existiendo las escuelas concertadas y se desmantele poco a poco la sanidad pública tan difícilmente conquistada en treinta años?

Treinta y tres tiene mi hijo mayor y nació cuando el sistema universal de la Seguridad Social no estaba aún implantado. Me dieron admisión para parir de milagro. Y mi madre estaría sufriendo tormento en su casa en vez de disfrutar de cuidados y vigilancia en una residencia por la ley de Dependencia, logros del socialismo esos dos. Si la izquierda pacta con la derecha si que la vamos a armar gorda, no importa tanto ir a unas terceras elecciones y hacer, como dicen que haríamos, el ridículo mundial. El ridículo hace tiempo ya que lo hacemos, no puedo contar ya los años. Ni porque Nadal gane Roland Garros tantas veces o Contador el Tour. Es como decir que porque Rio de Janeiro celebre la Olimpiadas dejan de existir las favelas.

Especulación, corrupción, capitalismo puro y duro y a tomar por culo. Eso es lo que hay con la derecha y con cualquier coalición mediana o grande que se quieran inventar.

De llegar a la tercera, sería la vencida? Lo dudamos, esto no lo para ni Dios.

 

Tuliette

 

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M de moro

Hace dos años que salgo con un moro aunque él se sulfura si le llaman moro porque aunque sea “moro” no es de Marruecos sino de Argelia. Se lo digo siempre que es una manera de hablar que tienen los españoles. No dicen árabes como en Francia sino moros, que es lo mismo aunque no sea, claro está, lo mismo.

Hablamos en francés que para eso es de Argelia, antigua colonia francesa donde el francés sigue estando muy arraigado. Suelen, los argelinos, ir y venir a Francia, pasan por España pero, contrariamente a los marroquíes, no se quedan  mucho tiempo. ¿Será porque aquí nadie habla francés?

Suele decirme que es un hijo de la guerra, esa guerra de independencia que casi le cuesta la vida a su madre que corría por las calles de Argel balanceando su retoño, atado con paños a la espalda, al esquivar balas francesas o argelinas. Hizo la mili en el desierto, en un fuerte en la frontera con Marruecos y un buen día se fue a Francia, por consejo de su madre que le auguraba un negro porvenir en el país, a reencontrarse con sus hermanos mayores o a vagabundear por las calles de París. Su francés se volvió parisino y poco más le sacó al asunto.

Tras recorrer algunos países europeos recaló en Barcelona, para mi desgracia porque desgracia es que tras luchar media vida contra los tíos rancios o energúmenos con los que me he encontrado haya dado con un moro … aunque no sea moro.

Sus ideas machistas, que como buen moro las tiene, me desquiciaban al principio. Ahora ya lo controlo. Quiero decir que ya puede decir misa, que controlo mis emociones porque más de una vez me han entrado ganas de arrastrarlo a una comisaría, por acoso aunque no por derribo. Si, al final, hago lo mismo que mi madre, que por aquí me entra y por ahí me sale pero he estado dos años en terapia intensa, sin comprenderme a mí misma, sin comprender nada.

Y así es como lo llevo con el “moro” como frecuentemente me pregunta mi amigo Damián, al que casi he tenido que ver a escondidas.

Mientras tanto, he tenido tiempo de oír cosas monstruosas, que las mujeres sólo somos mamíferos y no seres humanos aunque forniques con ellas, que si no son madres son medio mujeres … fomentando  la paranoia hacia los moros. Por muy occidentalizados que puedan estar, seguirán siendo moros de aquí a que acabe el mundo.

La M? de moro. Y lo lamento de veras.

 

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Refritos

Mientras tanto y mientras tu corazón, esa cosa que dicen que reclama Dios cuando la palmas, está navegando por aguas turbias o estancadas y apenas reconozcas el sentido de la vida, si debe saber tanto o mejor como oler, tómatelo con calma (eso me lo digo a menudo), que no hay mal que cien años dure.

 MIERDA DE PAÍS

 

                Muere Lou Reed y casi sin quererlo me veo otra vez caminando en el lado salvaje de la vida, es decir sin apoyos de primos, segundos ni terceros, rumiando mis penas con chicle y colillas de cigarrillos.

                Algún ángel de vez en cuando me tiende una mano y me salva in extremis de salir de patitas a la calle con mis bártulos y buscar un buen cajero automático que no esté ya ocupado.

                Pero la mayoría de las veces me las veo con orondos demonios que sólo saben darme sermones porque “no trabajo, no busco trabajo o no quiero trabajar”.

                Mi vegetativa vida se reduce a levantarme tarde, estirar las piernas que se han encogido durante la noche y friccionarlas vehementemente para que vuelva a circular la sangre, hacerme una cafetera entera para mi solita y algún resto de galleta perdido en el cajón de la cómoda, pasar por la ducha, si paso, recogerme el pelo en un moño y pintarme los ojos con lo que me queda de maquillaje, abrir el ordena y pasar un par de horas jugando, a solas con mis pensamientos.

                El resto del día es del mismo corte…

                Los días pasan, las semanas y llego a final de mes absolutamente rota y si me descuido pisoteada y rematada por aquellos a quienes les ha dado por vacilarme: mi vecino que me echa los tiros, a espaldas de su mujer claro; el mejor amigo que se ha esnifado una raya y le ha sentado mal cortando toda comunicación conmigo porque tocaba pagarla con alguien, mi hermana histérica perdida porque logré arrancar de mi madre unos pavos el día que la visité en la residencia, mi padre paseando a sus 82 años con una amiguita por ahí y gastando lo que no es suyo, mi amiga Marga que pierde a su “odiado“ y a la vez querido hermano y llevo dos semanas sin saber si puedo ir a darle el pésame, otra amiga que me convierte por mi idiotez en su dama de compañía gastando delante de mis ojos 500 pavos cuando estoy harta de decirle que no tengo ni para tabaco …

                No perderé la olla por eso pese a la recomendación de la sicóloga de consultar a un siquiatra, que algún trastorno de la personalidad o adaptativo debo tener, según ella y puede que tenga razón. ¿Cómo adaptarse a la humillación, a la indiferencia e insensibilidad ajena, al vacío que se instala en tu interior ante tales actitudes?

                Soy de esas personas que no dan crédito a lo que ven, que aun pasando por imbécil me paso horas dilucidando las razones profundas que llevan a muchos a no tener ni tacto ni clase y cuando las encuentro me sonrío un poco y un tímido sentimiento de ternura se instala en mí. A veces no se puede ser más idiota o más humano o más infantil o más primitivo…

                Las salvajadas de la vida empiezan ahí, donde no esperas la traición, el descrédito, la incomprensión, el olvido.

                El Año Nuevo está al llegar y con un algo de ternura y mucha conmiseración deseo a mis “enemigos” un Unhappy New Year, ¿por qué no? Si son todos unos desgraciados.

                Me dice la trabajadora social que los supermercados tiran mucha comida fresca y que han pensado en un tinglado para que los que recogemos un carro de comida seca una vez al mes en las parroquias podamos, por fin, comer lo que todo el mundo come, es decir, verduras, frutas, carne y pescado, eso sí, a punto de caducar en el mejor de los casos pero menos da un duro.

 

                Mi ración de espinacas y empanadillas del comedor social y las cuatro galletas del desayuno y de la cena no me llenan lo suficiente de nutrientes y me voy por la calle con miedo a perder literalmente el sentío en cualquier esquina o lo que sería peor, de pie en el andén esperando el metro.

 

                Afortunadamente, la psiquiatra reconoce no ver ninguna anomalía en mi cerebro y me recomienda seguir con mis visitas mensuales a la sicóloga a quien tengo aburrida perdida. El sentido, en ese sentido, no lo pierdo fácilmente, por la cuenta que me trae me digo a veces.

                Porque cuando todo parecía ir bien, cuando ya me habían concedido una ayuda, de ésas que dicen que de tanto esperarla hasta te la mereces, cuando ya estaba pues recuperando la alegría de vivir, viene lo que tiene que venir y por la cuenta que me trae, me dejo de tonterías y me propongo coger el toro por los cuernos y arremeter contra la vida que me ha tocado vivir, la gente de la que me ha tocado rodearme, la sociedad de la que parezco estar excluida o ¿son imaginaciones mías?

 

                Le digo a la trabajadora social que ni todo el oro del mundo podría compensar las humillaciones por las que he pasado los últimos seis meses, yo que no tengo una naturaleza demasiado soberbia, orgullosa sí pero no soberbia, orgullo por mantener, cueste lo que cueste, la parte de dignidad  que nadie me puede quitar a menos que yo decida, por alguna razón, lo contrario pero soberbia,  propiamente dicho, no. Imaginaros cómo habrán sido las humillaciones. Desde reprocharme el haber incluido un miserable paquete de chicles en un vale de 10€ del súper o preguntarme para qué quiero yo una tarjeta de metro, ¡viviendo como vivo en una gran ciudad!                 Claro que no sé porqué me sorprendo cuando se ha oído por ahí hace poco cosas como que los indigentes no son personas, los parados unos vagos y las mujeres unas putas por querer decidir libremente sobre su cuerpo.

 

                Mierda de país, me digo a veces

 Julia Cabré (Sant Jordi 2014)

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 EL OLOR DEL CAFÉ

 

“_ ¡Dios, qué bien huele ese café! Pero el sabor del café nunca es tan bueno como su olor.

_ Con los años uno descubre que la vida se parece mucho al café. El olor siempre es mucho mejor que la        realidad. Recapacite sobre ello, amigo.”

Diálogos de Nacido para matar (Born to kill, 1947, Robert Wise)

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Tal vez por ello, al llegar a la madurez o puede que algo después, la gente normalmente esté medio amargada. Nos crían con cuentos, fábulas, crecemos viendo películas, nos comen el coco con sueños de gloria y riquezas y al no conseguirlas, algunos hincan el diente en lo que no está permitido, se corrompen y venden a su propia madre por unas migajas…

El olor de la vida es intenso, afrodisíaco y embriagados nos movemos a veces perdiendo el norte, el sur y cualquier otro punto cardinal. Mal asunto. Todo sueño tiene su precio, sin embargo es gratis soñar pero no es un movimiento voluntario. Creo que en el fondo está atado de modo umbilical a nuestras frustraciones más ocultas, menos despejadas por la conciencia en un vaivén compensatorio de cuanto menos se tenga realmente más altas son las pretensiones. Ahí hay un fallo…

Se supone que deberíamos vivir una vida equilibrada, siempre que nos hayamos apoyado equilibradamente en la realidad aunque ésta apeste, pero los pocos genios que lo consiguieron en esas tristes circunstancias o fueron iluminados por algún ángel protector o muy inteligentemente recurrieron a intensos y dolorosos cuestionamientos personales.

De todos modos, al recapacitar sobre las carencias de la vida puede que finalmente todo se reduzca a una sola cosa, todo lo que necesitas es amor. Y de no percibirlo ni en la vida ni en los sueños, posiblemente te lo tengas que inventar, reinventar, reestructurar o descubrirlo en alguna parte, que seguro que está en alguna parte el maldito!

Mientras tanto y mientras tu corazón, esa cosa que dicen que reclama Dios cuando la palmas, está navegando por aguas turbias o estancadas y apenas reconozcas el sentido de la vida, si debe saber tanto o mejor como oler,  tómatelo con calma (eso me lo digo a menudo), que no hay mal que cien años dure.

Pero confieso haber vivido… como diría Neruda, y yo tal vez tendría que decir que confieso que he malvivido, que me obligaron a lanzarme a la vida desde muy joven acometiendo, en una edad en la que se supone que despiertas al mundo con los ojos bien abiertos viendo cómo todo es puñeteramente tan diferente del mundo al que hasta entonces estabas acostumbrada, empresas heroicas que harían palidecer de envidia a más de una protagonista de películas o novelas “negras”.

Porque el caminar salvajemente por la vida no debería estar “legislado” como parece estarlo para espíritus dejados de la mano de Dios, desheredados de la tierra por la fuerza de las cosas, las múltiples traiciones y engaños que no ves venir de lejos o no te enseñaron bien a percibir, en comprender dónde está la diferencia entre las palomas y las aves de rapiña. Porque el caminar salvajemente por la vida sólo te puede remitir a tu vulnerabilidad enmascarada, revestida de fuerza bruta en ocasiones, de dureza instintiva y odios y rencores para con la vida. Y así creces y pareces convertirte en carne de cañón, en algo revestido de indignidad y para aquellos que sutilmente te empujaron por las vías prohibidas en algo carente de valor, de respeto, de consideración alguna.

 

El tiempo pasará, las nubes se alejarán y aunque puedas darle otro sentido a tu vida, aunque puedas olvidar y perdonar las variadas ingratitudes que pueblan el horizonte de tus recuerdos, tu alma se habrá impregnado de ese sello de amargura que sólo saben percibir claramente aquellas almas nobles que aún pasean por este mundo y que sólo ocasionalmente y de manera episódica cruzas a lo largo de tu vida. Ellos saben, ellos comprenden y con la mirada parecen decirte que sigas adelante con ilusión, que tienes los ojos más bonitos del mundo porque reflejan el sufrimiento y la fe, la sinrazón y el aliento surgido de la fe. Son furtivos ángeles que los cielos disponen en tu camino para que comprendas que no estás sola en la oscuridad, que nunca estás sola.

Muchos opinarán que me busco los problemas yo solita, que dejo que las cosas avancen lentamente hasta el punto de no poder enderezarlas. Es cierto, mi alma generosa y apasionada y carente de sentido práctico o frialdad, depende de cómo se mire, sólo sabe de impulsos y no conoce los estados reflexivos en donde sopesas los pros y los contras, con el lápiz en la mano y anotando todo en un cuaderno. Lo he intentado, palabra, pero las pasiones que anidan en mí y con la fuerza de mis demonios interiores y las ganas locas que tengo de sublimarlos me empujan siempre hacia caminos que no parecen tener salida alguna, sin llegar afortunadamente a rozar los precipicios pero a veces tan cerca de ellos que yo misma me suelo preguntar a mí misma a veces si no estaré hecha de una pasta mezcla de autodestrucción y pesimismo existencial, de poca fe, de poca fuerza, de poco carácter finalmente y que todo cuanto pueda decir se parece más bien a un loco intento de justificarme indefinidamente. Y quiero ser justa y lo pretendo a cada paso que doy, a cada paso que quiero dar.

Tal vez debería ser más humilde, más sencilla y aunque creo saber humillarme en el fondo siempre será un paso obligatorio para fines bien distintos de la humildad y de la sencillez. Mi alma se lanza a aventuras desesperadas porque es así, apasionada, ama la vida y sus riesgos, sus locuras incluso que en poco se parecen a lo que llaman locuras aquellos que, metidos en un mundo carente de emociones y vivencias intensas, reclaman cada viernes o sábado por la noche.

Tal vez porque considero que no me enseñaron a vivir en esquemas normalizados me pude haber acostumbrado a sacudir la rutina y los esquemas inamovibles para encontrarle jugo y valor a la vida. Y la costumbre es ley y ley parece ser aquello que en mí me empuja irreversiblemente en épocas de supuesta crisis de valores a revestirme de un manto oscuro y dibujar con un lápiz perfilando el itinerario de mi próxima caída.

Tal vez sin temor alguno, sólo porque intuya finalmente que es un paso obligado para evolucionar, para dejar atrás las adicciones perniciosas, la laxitud existencial, la fuente de no vida. Y a todo eso, como Pablo Neruda algún día le pondré el título de confieso haber vivido…

El olor de la vida como el del café es intenso, recuérdalo.

 

Julia Cabré (Sant Jordi 2015)

 

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 PERVERSIDAD

 … Te he utilizado como evasión, te lo confesé. Evasión necesaria para seguir adelante, en este mundo mío lleno de frustración, que no tiene aún perfilada una meta clara, oscilante entre lo que debo hacer y lo que querría hacer, un mundo al que sin saber insuflabas vida. Lo hacen mucho, eso de utilizar a las personas o las cosas, lo hacen todos pero pocos saben ponerle nombre y reconocerlo. Y tú me llamas imbécil! Imbéciles eran pues Dante, Alain-Fournier y hasta Shakespeare por inspirarse en amores ficticios, casi perversos.

De pequeña me evadía con el cine, amaba a los artistas, me parecían magníficos. Luego descubrías, al leer biografías, que no dejaban de ser personas humanas con sus vicios y defectos. Más tarde tuve una época hiperromántica donde me solía colgar por atractivos morenazos que nunca reparaban en mí mientras otros suspiraban, sin saberlo yo, por mi larga melena de adolescente. Después encontré a un hombre y otro vino luego pero no eran materia de sueños y todo se fue al garrete en pocos años, de manera perversa.

No sé amar como lo hace la mayoría. Formo parte de un círculo de ángeles cuyo portavoz aconsejó que bajara a la tierra a empaparme de las miserias humanas, no sé ya si como castigo o para que comprendiera el valor místico y eterno del amor. Encontré a hombres que no sabían amar o no podían, por alguna misteriosa razón o por razones no tan misteriosas.

Todos y cada uno me echaron la culpa a mí. Todos y cada uno se lavaron las manos. Tenían razón. Yo me esforzaba en ser la perfecta esposa, la perfecta pareja y fue un fracaso. No me di cuenta que ellos también me utilizaban, para tener a alguien, para tener a alguien en casa, para tener a alguien en casa… y en la cama.

No eran mejores que yo pero durante años lo creí, también ellos me llamaban imbécil. Luego las cosas se invirtieron, como siempre se invierten cuando agotas todas las buenas intenciones. Misterio de la vida, algo que nunca he entendido muy bien, dicen que es justicia… o perversidad.

Sigo amando a los artistas, pero no ya los que interpretan sino los que crean, los que contra viento y marea modelan la materia intelectual y le dan vida. Amo a Lubitsch que creó fantasía en un mundo sórdido, a Capra que también la creó y conectó con nuestras esperanzas más escondidas y secretas, amo a los que comúnmente se les llama imbéciles porque no están en tu onda y puede que en la mía tampoco. Están más allá de tu inteligencia y de la mía, en un círculo de ángeles más poderoso y más divino.

Pero no temas, también ellos bajarán a la tierra algún día para rescatarte como me rescataron a mí. Crearán para ti una evasión a la que seguramente no le podrás poner nombre, tal vez porque tú también eres imbécil.

Pero mientras tanto, te tomas una inocente pastilla, sí, de aquellas que alivian el dolor de cabeza, de muelas, el ardor de estómago, los roces artrósicos, los calambres artríticos, las molestias menstruales, la incapacidad de sumirse en un sueño profundo y reparador, pensando que en pocos minutos todo volverá a la normalidad. Pero la aparente normalidad pronto se asemeja a una pesadilla.

Te ayudan a apaciguar tus penas, tu dolor, les eres agradecida como bien nacida que eres. “Pídeme lo que quieras y te lo daré” pero pronto descubres que te piden la vida o lo que te queda de vida. Que la inocente pastilla no es tan inocente.

Joan Bennett era la perversa mujer que saca lo que puede de Edward G. Robinson en Perversidad (1945), esa calle escarlata, esa inolvidable joya de cine negro que firmó el inconmensurable Fritz Lang, pero bien sabemos que en el fondo el perverso es él. ¿Quién le manda enamorarse de una beldad tan inalcanzable? ¿Se ha mirado en el espejo, acaso? Pierde de vista la realidad, está en un sueño de amor, pasión y posesión. El sueño lo saca de la rutina de su vida gris, sin alicientes y el destino, en forma de mujer “perversa” y buscavidas le devuelve a la realidad. Bello espejismo  que se esfuma, porque nunca debiste soñar. Debiste, en cambio, afrontar tu soledad con madurez poniéndole coto a las enfermedades del alma de otra manera, no debiste tomarte ninguna pastilla…

Todos nos tomamos inocentes pastillas alguna vez, buscando el alivio inmediato y llega, desde luego, pero sólo es sintomático. El veneno, el cáncer está ahí, avanzando sin apenas darnos cuenta.

 

Yo también lo hago y a veces me descubro haciendo el más espantoso ridículo. Y no quiero contar en lo que consiste ese ridículo. ”¿Quieres pastillas?”, me dice mi sicóloga. Pues no, no quiero, las conozco, me calmarán un día o dos ¿y luego qué? No veré nada dentro de mí, lo que hay que ver, lo que hay que extirpar. Paso por los túneles de la desesperación, lo sé,  pero que nada ni nadie me quite el placer y la sensatez de pasar por ellos.

Existen personas quirónicas ( de Quirón, el dios de la curación) capaces de curarse a sí mismas primero y luego a los demás. Yo no soy una de ellas propiamente dicho. Yo sólo soy una burda aprendiz, sólo me curo a mí misma aunque esté en ello años y años, décadas enteras. Algunos dirán que hipoteco mi vida al dolor o a causas imposibles. Sí, las arrugas aparecen y yo no he hecho nada… aparentemente.

Eduardo Punset diciéndonos que nos fiemos de la intuición, esa gran desconocida, antes que de la razón. Aún estoy aprendiendo a fiarme de ella, aunque sea amiga mía desde siempre. Pero me refiero, claro está, a esa intuición limpia de miedos, que nos hace avanzar y no retroceder. Los miedos los calman algunos remedios caseros y supersticiosos, las diversas huidas, la fe infundada  o algunos sueños también infundados. Es algo perverso, no lo olvidemos.

Y si la intuición está por encima de la razón y si algún día te dice de que te tomes una pastilla, contra el dolor o contra la falta de amor, tómatela, ella finalmente sabe por qué, tú ya lo descubrirás a su debido tiempo.

Cuestión de perversidad, profunda, desalentadora, cuestión humana al fin y al cabo y a lo que no vamos a renunciar fácilmente. ¡Ni falta que hace!

 

Julia Cabré (Sant Jordi 2016)

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happy new year

  Muere Lou Reed y casi sin quererlo me veo otra vez caminando en el lado salvaje de la vida, es decir sin apoyos de primos, segundos ni terceros, rumiando mis penas con chicle y colillas de cigarillos.

Algún ángel de vez en cuando me tiende una mano y me salva in extremis de salir de patitas a la calle con mis bártulos y buscar un buen cajero automático que no esté ya ocupado.

Pero la mayoría de las veces me las veo con orondos demonios que sólo saben darme sermones porque “no trabajo, no busco trabajo o no quiero trabajar”.

Mi vegetativa vida se reduce a levantarme tarde, estirar las piernas que se han encogido durante la noche y friccionarlas vehementemente para que vuelva a circular la sangre, hacerme una cafetera entera para mi solita y algún resto de galleta perdido en el cajón de la cómoda, pasar por la ducha, si paso, recogerme el pelo en un moño y pintarme los ojos con lo que me queda de maquillaje, abrir el ordena y pasar un par de horas jugando, a solas con mis pensamientos.

El resto del día es del mismo corte…

Los días pasan, las semanas y llego a final de mes absolutamente rota y si me descuido pisoteada y rematada por aquellos a quienes les ha dado por vacilarme: mi vecino que me echa los tiros, a espaldas de su mujer claro; el mejor amigo que se ha esnifado una raya y le ha sentado mal cortando toda comunicación conmigo porque tocaba pagarla con alguien, mi hermana histérica perdida porque logré arrancar de mi madre unos pavos el día que la visité en la residencia, mi padre paseando a sus 82 años con una amiguita por ahí y gastando lo que no es suyo, mi amiga Marga que pierde a su “odiado“ y a la vez querido hermano y llevo dos semanas sin saber si puedo ir a darle el pésame, otra amiga que me convierte por mi idiotez en su dama de compañía gastando delante de mis ojos 500 pavos cuando estoy harta de decirle que no tengo ni para tabaco …

No perderé la olla por eso pese a la recomendación de la sicóloga de consultar a un siquiatra, que algún trastorno de la personalidad o adaptativo debo tener, según ella y puede que tenga razón. ¿Cómo adaptarse a la humillación, a la indiferencia e insensibilidad ajena, al vacío que se instala en tu interior ante tales actitudes?

Soy de esas personas que no dan crédito a lo que ven, que aun pasando por imbécil me paso horas dilucidando las razones profundas que llevan a muchos a no tener ni tacto ni clase y cuando las encuentro me sonrío un poco y un tímido sentimiento de ternura se instala en mí. A veces no se puede ser más idiota o más humano o más infantil o más primitivo…

Las salvajadas de la vida empiezan ahí, donde no esperas la traición, el discrédito, la incomprensión, el olvido.

El Año Nuevo está al llegar y con un algo de ternura y mucha conmiseración deseo a mis “enemigos” un Unhappy New Year, ¿por qué no? Si son todos unos desgraciados.

 

Julia Cabré “tuliette”

 

Imagen

sensible y amable

La psicóloga me pregunta, medio divertida, que si hay alguien normal en mi familia, a tenor de todo lo que le cuento y yo le respondo, apesadumbrada, que me parece que no, que todos cojean de algo. Durante años he sido generosa y he negado lo evidente, que la semilla de la locura y en ocasiones de la imbecilidad ha germinado, en diferentes grados, en las mentes y las almas de los miembros de mi familia. Del más grande al más pequeño – repaso compulsivamente – y no acierto a descartar a ninguno, ni a mí misma.

Me muerdo los labios en este gesto que he visto reproducido en una antigua foto mía de pequeña, como si quisiera chuparme los mocos de la nariz, rasgo de supuesto infantilismo. Me invaden pensamientos olvidados. Comprendo, sin embargo, mi desazón y descorazonamiento de aquellos tiempos y cómo presentía que no había poder en la Tierra para cambiar las cosas. Supongo que debe datar de entonces el próposito de resistir, pasase lo que pasase, a la locura y la imbecilidad. Aunque concuerdo con algunos que algún rasgo se me pudiera haber pegado, por la tangente.

Mis rasgos de personalidad se reducen en el dosier escolar a tres calificativos: alumna inteligente, sensible y amable. Lo soy, lo era, no cabe duda, aunque a mi padre le pareciera una niña difícil y ahora se lo siga pareciendo y jamás, pienso, intentará cambiar de opinión.

Las pocas personas con las que me he encontrado a lo largo de mi vida que han sido inteligentes, sensibles y amables conmigo sólo fueron furtivas apariciones y siempre me parecieron figuras medio fantasmagóricas salidas de mi imaginación, sobre todo si acababa de leer algún libro de literatura fanstástica, antes de pasarme a las penurias de una Jane Eyre o de un Oliver Twist.

Amaba y admiraba a los personajes que aguantaban estoicamente lo que se les echara encima sin apartarse ni un ápice de su integridad. Huelga decir que la educación, aunque fuera de forma autodidacta, me parecía lo más preciado del mundo y que de ella se derivaban todas las virtudes. De ahí mi empeño, en toda circunstancia, en mantener viva la llama de la curiosidad intelectual, fueran los que fueran los impedimentos, y pese a los numerosos improperios e incomprensiones que me bombardearon de todas posiciones. Díle a un acuario que no se instruya y ni se molestará en responderte porque te tomará o por loco o por imbécil.

Admiraba a Edison, Pasteur, Graham Bell, Marie Curie, Einstein…Los veía día y noche ensimismados en sus apuntes y notas, cálculos, fórmulas, alienados en pos de la sabiduría, sin comer, sin dormir, sin afeitarse, sin vivir, viviendo una gran aventura, dadora de vida, como la criatura de Frankenstein recibiendo los rayos eléctricos en lo alto de la montaña, imbuyéndose de energía creadora. Pero a mí me perseguía y aún me persigue la maldición de ponerle un freno a mi energía creativa al estar siempre ocupada en pensar cómo comer,  cómo vivir, amuermando mis células grises, arrugando mi ceño por las miserias cotidianas y haciendo de mí alguien muy lejos de ser inteligente, sensible y amable.

De todos modos, creo, sinceramente lo creo, que la única normal soy yo o eso estuve a punto de responderle a la psicóloga y no me atreví.

Julia Cabré “tuliette”traffic analysis

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esperpentos

por fin empieza a llover en esta tierra seca y árida, en la que luce el sol hasta mediados de Noviembre y en la que nos resistimos a sacar los abrigos y las bufandas y puede que no los saquemos nunca. De todos modos yo voy a la parroquia del barrio a surtirme de efectos y salgo contentilla porque me he agenciado, a ojo, tres pares de pantalones y dos chaquetas, que me quedarán como un tiro estoy segura de ello, pero como persigo trabajos ocasionales de figurante, igual les puedo dar alguna salida. Las sempiternas tiendas de Zara, Mango y compañía fuera de mi alcance en estos tiempos en donde lo más decente que hago es pedir tabaco por la calle. Mi amigo Damián me dice que aún me queda un escalòn más que bajar, el de recoger colillas…

Me he paseado últimamente por todas las instituciones sospechosas de echarme una mano y ha quedado en eso, en mera sospecha. Me atienden, eso sí, con mil y una caras de circunstancias, grotescas todas ellas, oscurantistas, esperpénticas, como salidas de algún cuento de Dickens cuando yo veo desfilar por doquier anuncios y más anuncios para recaudar fondos contra la pobreza. No sé, igual están pensando en una inminente población marciana…

Paso el metro ilicitamente con una tarjetita de tres al cuarto, es decir 3,75€, para jubilados oteando el horizonte subterráneo con el temor de detectar algún control improvisado aunque de otras veces ya me sé las paradas donde concurren las redadas…

Tras cuatro días seguidos de tragar en el comedor social puré de verduras, nos obsequian un jueves cualquiera, un estupendo cocido castellano. Nos miramos sorprendidos todos y nos preguntamos si las elecciones se habrán adelantado…

Mi crema hidratante de 2€ del Schleker no me protege de nada, ni del viento ni del humo. Al final, acabo embadurnándome la cara con una sabia mezcla de aceite de oliva y crema para manos, trabajando la cosa quiero decir, a base de masajes…

Mi fisioterapia ha acabado y me han pasado el relevo para que yo solita en casa me ponga a hacer los ejercicios, sin espejo, sin colchoneta, sin compañía y sin monitora. Algo tendré que inventar para levantar la pata. O igual no la levanto y espero las próximas sesiones, dentro de seis meses…

Mi padre, tras rogarle lo que no se sabe, me manda 100 pavos y me llama diciéndome que me los manda para que vea que piensan todos mucho en mí. La insistencia acaba siempre dando sus frutos pero no sé si arriesgarme a otra aventura de este estilo la próxima vez porque mi psique no aguanta ya tanto martirio, hipocresía incluída.

La asistenta, precavida ella, me desliza entre los papeles una copia para que me la selle el organismo donde voy a recurrir un silencio administrativo de cuatro meses, una copia que deberán sellarme, quieran o no, para que no me ocurra lo mismo que a otra usuaria de servicios sociales que tiene que tirar de abogado porque es su palabra contra la de la administración. Alguien choricea por ahí … quiero decir a los más vulnerables.

El esperpento no acaba ahí, hay para llenar varios folios o hacer varias secuelas cinematográficas, como las de Berlanga y su escopeta nacional pero yo, en mi rabia e impotencia, acabo jurándome que me las pagarán todos y cada uno, a su debido tiempo, cuando las aguas se calmen, cuando vuelva el buen tiempo… si vuelve.

Julia Cabré “Tuliette”

solana

utopía

 

Me debe una explicación porque no me la ha dado. Cree que vivo en la utopía y así me lo dice. Tampoco sé a lo que se refería pero tengo una ligera idea. Le digo que a la asistenta social le cuento mis problemas pero que a ella, la sicóloga, le abro mi alma. Si utópico es desear, porque los deseos son personales, íntimos y tenemos derecho a ello, lícito es desear, en mi caso, algo a mi medida, y de todo lo demás reniego, a saber, la suciedad física y moral, y cien cosas más, todas feas y horrorosas. Si huyo de la mierda que me quieren imponer y aspiro a todo lo contrario, a saber, belleza, armonía, paz, ¿eso es utópico? Me pilla desprevenida y le digo que Barbra Streisand también vivía en la utopía si pretendía ser cantante y actriz con la narizota que tenía. No discuto más,¿para qué? A los pobres y desheredados de este mundo, aparte de sus derechos de ciudadano, también se les quita, además de la dignidad, el derecho a soñar y a conquistar su propio espíritu.

Me invade la paranoia…

De pequeña, cuando mi madre me pegaba (con una frecuencia diaria) me refugiaba en “mis cosas”, de casada, cuando mi marido me maltrataba (con una frecuencia semanal) también me refugiaba en “mis cosas”. Es una pauta, un algo aprendido para resistir, para sobrevivir, para poder ver nacer un nuevo día con un algo de ilusión. A tomar por culo si cree que vivo en la utopía. Tanto ella como la asistenta se extrañaron de que no hubiera caído ni en drogas ni en alcohol con todo lo que me había pasado. Ahí tienen la respuesta. Soy una combatiente desde mis más íntimas esferas de locura, cordura, mezcla de ambas o lo que llaman ellas utopía.

 

Sé que vivo en un país de mente estrecha, envilecida, el país del sálvese quien pueda. Comparto mesa en ocasiones en el comedor social con gente muy arrastrá pero también con licenciados sin trabajo. Formamos una gran olla podrida, allí dentro, los recién llegados con algo  de orgullo aún, orgullo que caerá por sí solo en poco tiempo, los que llevan más de un año saludando a todo el mundo, casi felices de pertenecer a una comunidad. Del tú de los primeros días han pasado a llamarme de usted porque mi mirada orgullosa y penetrante los desconcierta. Exijo, de manera subliminal, un mayor respeto. Curiosa la cosa…

Si fuera alcohólica o drogadicta, tendría derecho a una paga, a un correcto saludo tal vez no ni al respeto pero no me dejarían sin recursos.

Mi hermana me ha bloqueado la ayuda que recibía de mi madre. Lógico, si en mi propia cara ya me dijo que no pararía hasta verme caída. Es tan imbécil, la pobre, que hasta me da pena. Estoy donde quiero estar, sola y sin malos rollos pero aún me queda alcanzar mi lugar al sol y sus patanerías no me van a detener. Lo paso mal, ciertamente…pero yo también me he jurado que no me moriré sin verla “caída”, un poco como el tandem havilland-fontaine.

 

Tras cinco sesiones en fisioterapia y con las corrientes en las rodillas, apenas siento ya dolor. No me lo puedo ni creer y creo que me compraré, en cuanto pueda, un artilugio de ésos para casa. Me veo ya, útopicamente claro, bailando salsa por ahí. De momento, me asignan para hacer las prácticas del cursillo de auxiliar de geriatría una oscura residencia en Gracia donde toda la teoría sicológica aplicada a la dependencia cae como un castillo de naipes.Salgo el primer día asqueada de todo, el olor a mierda persiguiéndome y las rodillas como morcillones. Abandono y me quedo a la espera de las consecuencias, que no tardan en aparecer… ¡Mal rayo los parta a todos! y ya estoy del todo paranoica.

Siempre he usado, como antidepresivos naturales, mis propias ilusiones sobre las cosas, es lo que dicen los propios sicólogos, que te motives. En esa España de crisis y recortes bestiales les ha dao también por recortarte las ilusiones y disecarte el cerebro de paso. No sólo de pan vive el hombre y si siento algo real en mi vida es el hecho de pertenecer, aunque me hayan obligado a dejarlo de creer en alguna ocasión, a la raza humana. Seguiré viviendo en la utopía…

Mi mundo se ha desmoronado un sinfín de veces. Pero he sabido construir otros. más sabios, más plenos. Tampoco se me caen los anillos, a mí no se me puede decir que le haga ascos al currelo, no exactamente. Pero el encontrar trabajo es tarea ardua, titánica y desalentadora. Llevo un centenar de curriculums envíados y un 5% de respuestas condicionadas a la disponibilidad horaria y la movilidad geográfica. La edad, claro está, el tercer factor en discordia. Siempre he sido un animal inclasificable, desde un profundo autismo hasta aparentar tener una radiante personalidad, las dos cosas infundadas del todo, lo sé yo y lo saben las paredes de las habitaciones que me han acogido a lo largo de 52 años.

Vivo en la utopía de encontrar la dignidad que circunstancias y personas me han impedido tener o mantener. Vivo en la utopía de creer en mí, pese a todo. Bastante sé que tengo que comer y pagar cosas, bastante sufro ya. Pero le daré a la sicóloga la razón en parte, como se la damos en ocasiones a los tontos, o a los locos, que no saben de hundimientos morales o al menos no sufren concientemente por ellos y si lo hacen no lo van clamando por ahí como yo lo hago. En parte la tiene, digo, porque mi estructura mental me predispone a vivir en mi propia realidad cósmica, yo vengo de la tribu de Piscis pero sólo yo, al parecer, sabe lo que eso significa.

 Me digo, a veces, que prefiero estar muerta o mejor dicho muerta ya estaría si todo me fuera bien, tan estupendamente bien que no tuviera que recurrir a la utopía o lo que quiera que sea eso, esa cosa que te da vida aunque no tengas para comer, como en la España de nuestros abuelos que con sólo escuchar a Antonio Molina se les olvidaban las penurias cotidianas. Y si tienes para comer, abundantemente, fácil es caer en la pereza, el vicio, la dejadez moral. ¡Qué me expliquen quién es el malo y el bueno de la película! Yo sólo sé que si “matan” lo único que me queda, esa gentuza alienadora, apoyada por el sistema porque recuerda que “si no tienes para comer no tienes derecho a soñar ni a tener Internet”, si matan lo único que me queda…que se escondan porque volveré del infierno para cobrarme lo que me pertenece.

 La otra parte de razón me la quedo yo…sólo al alcance de los que luchan por conseguir su propia “utopía”.

 Julia Cabré “tuliette”

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La pastilla

Te tomas una inocente pastilla, sí, de aquellas que alivian el dolor de cabeza, de muelas, el ardor de estómago, los roces artrósicos, los calambres artríticos, las molestias menstruales, la incapacidad de sumirse en un sueño profundo y reparador, pensando que en pocos minutos todo volverá a la normalidad. Pero la aparente normalidad pronto se asemeja a una pesadilla.

Te ayudan a apaciguar tus penas, tu dolor, les eres agradecida como bien nacida que eres. Pídeme lo que quieras y te lo daré pero pronto descubres que te piden la vida o lo que te queda de vida. Que la inocente pastilla no es tan inocente.

Joan Bennett era la perversa mujer que saca lo que puede de Edward G. Robinson pero bien sabemos que en el fondo el perverso es él. ¿Quién le manda enamorarse de una beldad tan inalcanzable? ¿Se ha mirado en el espejo, acaso? Pierde de vista la realidad, está en un sueño de amor, pasión y posesión. El sueño lo saca de la rutina de su vida gris y sin alicientes y el destino, en forma de mujer “perversa” y buscavidas le devuelve a la realidad. Bello espejismo  que se esfuma, porque nunca debiste soñar. Debiste, en cambio, afrontar tu soledad con madurez poniéndole coto a las enfermedades del alma de otra manera, no debiste tomarte ninguna pastilla…

Todos nos tomamos inocentes pastillas alguna vez, buscando el alivio inmediato y llega, desde luego, pero sólo es sintomático. El veneno, el cáncer está ahí, avanzando sin apenas darnos cuenta.

Yo también lo hago y a veces me descubro haciendo el más espantoso ridículo. ”¿Quieres pastillas?”, me dice mi sicóloga. Pues no, no quiero, las conozco, me calmarán un día o dos ¿y luego qué? No veré nada dentro de mí, lo que hay que ver, lo que hay que extirpar. Paso por los túneles de la desesperación, lo sé,  pero que nada ni nadie me quite el placer y la sensatez de pasar por ellos.

Existen personas quirónicas ( de Quirón, el dios de la curación) capaces de curarse a sí mismas primero y luego a los demás. Yo no soy una de ellas propiamente dicho. Yo sólo soy una  burda aprendiz, sólo me curo a mí misma aunque esté en ello años y años, décadas enteras. Algunos dirán que hipoteco mi vida al dolor o a causas imposibles. Sí, las arrugas aparecen y yo no he hecho nada… aparentemente.

Eduardo Punset diciéndonos que nos fiemos de la intuición, esa gran desconocida, antes que de la razón. Aún estoy aprendiendo a fiarme de ella, aunque sea amiga mía desde siempre. Pero me refiero, claro está, a esa intuición limpia de miedos, que nos hace avanzar y no retroceder. Los miedos los calman algunos remedios caseros y supersticiosos, las diversas huidas, la fe infundada  o algunos sueños también infundados.

Y si la intuición está por encima de la razón y si algún día te dice de que te tomes una pastilla, contra el dolor o contra la falta de amor, tomátela, ella finalmente sabe porqué, tú ya lo descubrirás a su debido tiempo.

Julia Cabré “Tuliette”


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los bordes del abismo

Estoy al borde del abismo. He construido mi casa en terreno peligroso, cerca de un río, de plácidas aguas en verano y  en otoño agitadas. Con el temor constante de que se desborde y haga trizas los cimientos. Con el temor constante de que se desmorone toda la estructura y acabe arrastrando los destrozos hacia la desembocadura del mar..

He sentido la primera sacudida y casi pierdo el equilibrio. Mi corazón late fuerte, le cuesta llevar la sangre al cerebro para que pueda pensar lucidamente. Me invaden las emociones más rotas, de amor y odio, de rencores y venganzas, de miedos inconfesos pero bien conocidos, de traiciones lejanas que vuelven a aparecer, a las que les doy nombre y fecha, que siempre estuvieron en la memoria persiguiéndome en sueños, angustiando mis despertares envueltos en sudores y alguna lágrima.
Es la desesperación, la pérdida del ser amado, no por la fuerza del destino que en manos de Dios está sino porque ronda la maldad en alguna parte.
Soy Hermíone y Andrómaca, celosa una y cautiva la otra, fuertes las dos, destinadas aun sin saberlo a ser felices algún día, cuando todo haya pasado, cuando las fuerzas del mal se hayan aplacado. Pero por el momento, en plena vorágine, recurren a los oráculos…
Muéstrame, oh dios de la redención! cómo he de enfriar mi corazón o tal vez sea necesario que se agite noche tras noche para sacar lo mejor que hay en mí. Tras el sufrimiento y el paso por los infiernos, el alma es más transparente, el hombre más hombre, la mujer más mujer.

Las pasiones no son mi fuerte, intuyo que hay mucha mierda retenida ahí y a mí me gustan los cielos despejados de la amistad. Pero una simple amistad me aburre, algo apasionada ha de ser, soy tuya pero no del todo, te quiero pero no te lo creas mucho, puedes irte pero no dejes de volver o puedes quedarte pero no me ates a la silla. No quieras confundirme, no me mates porque era tuya, ni me olvides porque yo no lo hago… en fín, un rollo.

Algún día construiré una nueva casa, lejos de aguas turbulentas para vivir mi vejez con serenidad, el único deseo verdadero que reconozco, el único en el que me da placer recrearme y no es la menopausia. Conozco demasiado bien los bordes del abismo, producen un vértigo intenso, casi suicida y yo amo tanto la vida!

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Julia Cabré “Tuliette”

Châteauneuf-3